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EL DISCURSO DEL PASTOR
Era la noche anterior al comienzo de los Campeonatos Nacionales. El equipo de Santa Clara había cenado y esperaba ansiosamente que pasen las horas. Había ´clima´ de gran acontecimiento. Entonces George Haines dio la orden: ¨Quiero que todos se reúnan en sus cuartos y escuchen esta grabación. Todo lo dicho en ella es verdad. Piensen en ello, mediten y pónganse en el clima mental necesario para rendir lo óptimo mañana¨.
La grabación era un discurso pronunciado hace un tiempo por el famoso pastor Bob Richards, el mejor garrochista del mundo durante varios años. Tuve la suerte de escucharlo en la pieza de Nicolao con cuatro integrantes del equipo.
Fue grandioso. Temo no poder transmitir la emoción que nos contagió. Richards es un extraordinario orador. Luego de aliviar la tensión con algunos chistes de borrachos, de pastores, de cualquier cosa, entró en tema. El deporte. Los deportistas. Lo que son, lo que buscan.
El tirador húngaro, que luego de conquistar el título olímpico con la mano derecha perdió el brazo del mismo lado en un accidente. Y que cuatro años más tarde volvió a ganar la medalla de oro...con la izquierda. El golfista Ben Hogan, que en el pináculo de su carrera tuvo la mano destrozada en un accidente y a quien los médicos le dijeron que nunca más podría jugar al golf. A los dos años se clasificó campeón abierto de los EE.UU.. El lanzador de martillo, que en el pedestal olímpico saludaba con su enorme brazo derecho, porque el izquierdo estaba totalmente atrofiado. Los ocho récords americanos de natación de Shelley Mann, que a los cinco años de edad tuvo parálisis total y que empezó a nadar solamente para curarse.
En el cuarto había un silencio impresionante. Los cuatro nadadores miraban al infinito. Las dificultades de ellos no eran nada comparadas con estos casos excepcionales. Y ellos también podían superarse. Y entonces vi en una esquina a Dick Roth, con la mirada también perdida. Vi la emoción, la concentración en su cara. Y me acordé de Tokio, donde este muchacho de sólo 16 años llegó a estar en la misma sala de operaciones con apendicitis aguda tres días antes de su carrera. Este adolescente que pidió, que rogó, que no lo operarán. Y lo dejaron...porque no encontraron a sus padres para pedirles permiso para operar. Cuando los encontraron, la inflamación había bajado un poco. A pedido de Dick lo internaron sin operar. Congelaron la región del apéndice, y por tres días Roth casi no salió de la cama. Ni tocó el agua.
El día de prueba se sentía algo mejor. Decidió nadar...débil, dolorido, enfermo. Pero de algún lado sacó fuerzas, del corazón como hubiera dicho Bob Richards, fuerzas insospechadas. No sólo nadó, sino que ganó. No sólo ganó, sino que fijo un nuevo récord mundial.
Esa fuerza, esa garra, ese corazón, quedó perfectamente grabado en las mentes de cada uno de los oyentes. No me cabe ninguna duda de que ayudó materialmente a quitar alguna décima de los tiempos obtenidos. Para mí fue una experiencia inolvidable. Así terminó Richards: “...La vida no determina la existencia del gran hombre, del campeón. El campeón determina la vida”
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